
Una casa pensada para bajar el ritmo: entre neblina, cafetales y bosque, en las montañas de Apaneca.
El encargo fue una vivienda de descanso que evocara tranquilidad pura y una conexión directa con la naturaleza. La respuesta fue una casa de dos niveles construida con materiales del lugar —ladrillo, madera, piedra y teja de barro— que envejecen bien y se funden con el paisaje en lugar de imponerse sobre él.
Los grandes ventanales llevan la luz de la montaña al interior y enmarcan el verde desde cada espacio. Afuera, la vida se extiende a las terrazas: una cocina con asador bajo pérgola y una sala techada alrededor de una chimenea de piedra, hechas para las tardes frías de la zona.
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